La controversia generada por inconsistencias detectadas en los reportes de emisiones y recuperación de azufre de ENAP en la zona de Concón, Quintero y Puchuncaví reabrió la pregunta sobre qué riesgos representa para la salud respirar aire con compuestos azufrados. El doctor en Química y director del Instituto de Química de la Universidad de Valparaíso, Diego Sierra, explicó cómo se originan estas emisiones y de qué manera pueden afectar al organismo.
“El petróleo, el crudo, viene de manera natural con azufre incorporado. En el proceso de refinamiento, ese azufre se libera en forma de gas, de ácido sulfhídrico principalmente”, explicó el académico. Según detalló, la industria cuenta con un proceso destinado precisamente a evitar esa liberación: “ENAP tiene por ley que capturar ácido sulfhídrico mediante un método, que es el proceso Claus. Ese proceso lo que hace es transformar el ácido sulfhídrico en azufre elemental, que es inocuo”, y que captura “alrededor del 98 por ciento del azufre que contiene el crudo”.
Por ello, ante eventuales emanaciones, la pregunta pasa a ser qué está ocurriendo con el proceso de recuperación. “Si hay emanaciones, es posible que el proceso no esté funcionando de la manera apropiada y eso podría generar problemas ambientales por la liberación del ácido sulfhídrico”, sostuvo Sierra.
El académico explicó que el ácido sulfhídrico (H₂S) puede ser percibido por las personas a concentraciones muy bajas, característico por su olor a huevo podrido, y que ante una exposición “puede generar malestares como dolor de cabeza, irritación de las mucosas, dolor de garganta, jaquecas y mareos”. A medida que aumentan las concentraciones, indicó, “pueden producirse mayores irritaciones de las vías respiratorias, desmayos y, en concentraciones elevadas, incluso podría llegar a ser mortal”, aunque aclaró que alcanzar niveles tan altos es difícil.
Respecto a una exposición prolongada, Sierra distinguió entre episodios puntuales y contacto constante: “El ácido sulfhídrico podría generar efectos acumulativos si existe una exposición permanente, principalmente por la irritación que produce, mientras que si se trata de episodios aislados y espaciados en el tiempo, no debieran generar efectos crónicos”.
El especialista identificó a niños y adultos mayores como los grupos más vulnerables ante este tipo de exposición, porque las mucosas de los primeros son más sensibles y porque el sistema respiratorio de los segundos está más comprometido por el paso del tiempo. Ante la percepción del característico olor a huevo podrido, recomendó alejarse de la fuente y buscar un lugar ventilado, aunque precisó que conocer la concentración real requiere instrumentos de medición.
Fuente: Dirección de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Valparaíso.


